miércoles, 4 de mayo de 2016

Dilemas

Puff, ¿cómo empezar la entrada de hoy? Es francamente difícil. No tengo muy claro si quiero hablaros de Eva o de mi. He aquí el dilema del escritor, no sabe donde separar la realidad de su propia ficción literal. 

Eva está aquí. Vuelve a estar al aire libre como lo estuvo hasta julio de 2015. No muchos de vosotros entenderéis que para mí lo más difícil ha sido esconderla. Yo la cree para volar, con la poca modestia de sentir que podía ayudar allá donde la dejaran hablar. Sencillamente porque a mí me había hecho crecer. Eva, la eterna Eva. Una mujer que pese a todo se levanta, sonríe con más o menos entrega pero sobrevive. Tiene miedo, se cae, se arrepiente y se arriesga porque ya sabéis que, cuando las piernas están rotas poco importa si te pica un mosquito en la rodilla. Ay... la echo tanto de menos. Poder hablar en sus labios. Suspirar en sus momentos de intensidad. El arrojo en los arrebatos de valor. El calor en el deseo. Todo.

Por una cama de princesa me plantea una duda enorme antes de recibir ninguna crítica, valoración y opinión. La cerré pero es imposible dar una vida por vivida. Su historia no se queda ahí, en la eufórica felicidad del porvenir inundado de amor altruista. El amor se gasta, se arruga y se rompe.

Y aquí entra Sara, la protagonista de Tres días desnuda. Sara ha pasado de reir a carcajadas a encerrarse en un bungalow con un dolor de pies que mataría enanitos. ¿Por qué? Pues porque yo quiero que ella se enamore y yo no estoy por la labor, o quizás es al revés. 

Voy a ser mamá de nuevo. Sí, para ti que conoces cada paso y cada lágrima que he andado por estos lares debe ser una sorpresa. Para mi fue un shock. Pero aquí está el pequeño Javier, mi bebé de 22 semanas que habla con mamá a la perfección. La acaricia y la empuja según la circunstancia, se agita cuando escucha a papá y se encoge cuando regaño a sus hermanos. Valga decir que se pasa encogido media vida.

No paro de pensar en algo que me dijo un hombre mayor hace algunos meses: para tener algo que escribir hay que tener algo que contar. Y yo lo que tengo que contar es lo que pasa cuando el amor es apaleado por el estrés, el agotamiento y la frustración. Que sobrevive solo con reanimación caridiopulmonar de calidad, siendo padres semi-irresponsables que delegan (bien en abuelos o sistemas educativos reglados y no reglados), colocando lo individual a la misma altura de la familia. Porque es muy bonita la independencia, pero cuando ese tiempo se reduce a veinte minutos diarios los tomas sin pensar y no te das cuenta de que has quitado a la pareja diecinueve. Sin tiempo no hay caricias, ni miradas, ni conversación o discusión de calidad. Todo hay que decirlo. 

Así que dicho todos esto, me voy a dormir sin saber qué voy a escribir. Qué quiero hacer o con quién. Y es que, hago lo que puedo, como todas! Buenas noches, princesas. 



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