domingo, 18 de octubre de 2015

Relato para Sofía

El mundo parece equilibrado pero no lo es. En lo que  a polos se refiere no todos están completos. Los hay que buscan el Sur y no dan ni con Este y con Oeste. Y en esta sociedad que nos venden el estado de completa felicidad dividido entre dos, pues no compensa. La fe, la esperanza no es cosa del amor. La compañía no es cosa de química. Y el que diga que tiene la respuesta a este desequilibrio que escriba un libro. 

Sofía, desde ayer. 


Un día como hoy pero algunos años atrás lo de Sofía podría haber sido un pecado de orden mayor. De treinta y siete Padre Nuestro y cuarenta y dos Ave María. Pero desde ayer nada sería igual, ni semejante ni contrapuesto. Desde ayer el ahora duraba un día porque lo anterior no contaba, ya no existía. Había aprendido a decir y hacer lo que deseaba en cada momento. Sin importar la opinión de nadie fuera de su propia carne.


Sola, en un lugar más público que cualquier otro la prosa era cosa de otros, ella era poesía. Rima inmersa en el mundo. Una melena morena y lasia que bailaba, su piel absorbiendo lo que el sol le presta. A todo aquello, hasta donde alcanza la vista del alma, ella lo amaba. 

Allí sentada, junto a su vicio menos oculto disfruta su té, cierra los ojos de espalda al mundo. No quiere ver que la ven, solo desea sentir que pese a su diminuto tamaño es una arma vestida de lino y algodón con uña de diamante. Es fuerte en su soledad, ama y dueña de su cuerpo, su alma, su luz. Ocupa cuanto observa pues su mirada pesa, abruma y enloquece si te atrapa. Tanto abarca que intimida pues el mundo tonto piensa que es mejor observarla desde el suelo. En la distancia. Pero ella añora los abrazos verticales, los besos con los ojos y las caricias en el rostro.

Y dirás... ¿qué ocurrió ayer? Ayer no pasó más que nada. Es solo una excusa para seguir. Una razón sin causa para ser de verdad. Para vivir de verdad, para sentir de verdad. Para apostar.

A las seis y cincuenta y ocho, sentada en aquella silla de anea y olivo espera con euforia contenida, repasa su frase y da vueltas al objeto en su mano. Coloca y vuelve a colocar su pelo. Se muerde los labios, seca su mano y acaricia su cuello. ¡Ya!

-¡Eh! Perdona. ¿Tienes hora?
-Sí, claro.
Contestó un joven girando su cuerpo para observar a aquella hermosa mujer. Tendía su mano derecha hacía él y la izquierda un enorme reloj de bolsillo azul.
-Sofía de la Cruz.
-Oliver Hunter.
El hombre tragó por la determinación de la diosa. No viendo más que un rostro elegante y confiado, rebuscando en su memoria por unas facciones conocidas. Las había, un recuerdo pálido que ya no le servía para nada.
-Sí, lo sé. Te he estado esperando.
Y no por un día. 



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