domingo, 27 de septiembre de 2015

Diario de una madre a la fuga


Esto de ser hija no se acaba cuando eres madre, quien dijo eso mintió descaradamente y con alevosía. No tiene nada que ver. Yo necesito más a mi madre ahora que me enfrento a mi propia maternidad que durante los diez años anteriores. Y creo que no soy la única. Es mi madre la que se fuga. 

Se supone que es un rol constante a lo largo de la vida, con un nivel extremo de compromiso desde el instante uno y sin declive pero... esto hay que verlo. Es difícil renunciar a la propia existencia por la de otro, por mucho amor materno que empalague. Y es que el individuo no es denominado así por capricho alguno sino porque el ser humano nace, crece, se reproduce y muere como individuo único e independiente biológica y físicamente hablando. Los objetivos propios, las metas, todo cuanto la razón y el corazón dibujan fragmenta la maternidad y la mujer dejando cada una en atroz sensación de pérdida. La mujer que cede a la maternidad y desaprece como mujer y la madre que desaparece de la maternidad para volver o ser mujer. Y eso, señoras, es una putada para los hijos. Doy fe.


Podemos ser respetuosos, empáticos, amables, comprensivos, cariñosos, tranquilos pero esto jode te levantes por el lado de la cama que te levantes. Dejar de ser el centro del mundo de la persona que está destinada a amarte y perdonarte por encima de todas las cosas no mola nada. Es como si Dios desapareciera, plum, de un plomazo. Es uno de estos procesos que por ser natural no es más sencillo, como lo es envejecer, enfermar o morir.

Da igual si tu progenitora ha sido ejemplar o no, siempre será esa persona que te ha enseñado que a la familia se la ama tal y como se presenta, tal y como es; con su luz y con su oscuridad, por encima de todas las cosas.

Así que me desnudo para decir que me escuecen las manos de pensar que la persona que más me ha amado ha vuelto a amarse a sí misma por encima de todas las cosas. Me escuece que la justicia sea justa. Me escuece porque los grandes cambios vienen precedidos de grandes y dolorosas sacudidas. Fluiré en esta nueva situación, recibiendo el amor desde lejos. Guardando los besos para cuando vuelva el calor. Y si cuando vuelvas aún me dura el coraje te enseñaré el cajón donde te los guardé. Respetaré con la cabeza gacha el equilibrio que ha de volver a su vida luchando por sus sueños como yo hago a diario con los mios. 


Quizás algún día para ser madre no haya que renunciar un setenta por ciento a la mujer libre que hemos construido. Quizás ese día las hijas creceremos viendo a nuestras madres lidiar sus batallas constantemente, sin cruzar penínsulas. Sin marcar distancias. Sin renunciar a todo lo que no es un hijo.

Pero hoy, que soy hija y soy madre, me cuesta digerir tu abandono pese a toda tu razón y mi comprensión forzada.

De 30 a 1200 hay muchos pasos, madre. ¿No quieres pensártelo de nuevo? Mira que yo aún te necesito cerca.

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