sábado, 10 de agosto de 2013

Alegato por la Felicidad


¿La locura  un estado de felicidad transitoria? O… ¿La locura transitoria un instante feliz?

Cientos de teorías hemos leído al respecto. Más o menos aceptadas. Tejidas o no con nuestras propias necesidades se ajustan a la necesidad personal. O no. Por eso yo formularé mi propia teoría. No juego a la filósofa, ni a la psicóloga, ni a narradora ni poeta. Tan solo intento ser persona.

La vida entera, de cabo a rabo está compuesta de opciones. A veces trasparentes, varias en blanco y negro y en alguna que otra ocasión en baldosas amarillas. Cada cual con su cuento y su locura. Cada uno con su alternativa adaptación de la imagen frente a sí. Y ahora que lo pienso, es imposible contar las veces que he desvariado ya al respecto.

La eterna complicación de las opciones y la presión constante del error en cada decisión. El golpe en cada camino que duele antes de tropezar. 

Esta tarde he leído algo que se me ha quedado rondando. La autora Esther Ruiz Saldaña hablaba de La bodega de las Ofensas. Sí, tal y como suena. Tal y como has imaginado. Ese lugar donde almacenamos  todo aquello que merece ser olvidado porque no construye sino que destruye. Las traiciones, los pellizcos y las zancadillas de la mala voluntad del hombre y la omnisciencia de la casual y déspota vida.

¿Y qué si el mundo tal y como conocemos acabara mañana? ¿no es eso sobre lo que pretenden concienciarnos las grandes superproducciones cinematográficas sobre desastres naturales? ¿Acaso no abanderan ellos una vida donde la bodega es tan irreal como retórica? Sé feliz viviendo hoy como el último día de tu vida. Consume, gasta, mueve la economía que yo llevaré a mis hijos a la mejor Universidad con tu Carpe Diem.



Come hoy lo que no puedas comer mañana.
Invierte en vivir y no en tener.
Viaja hoy lo que no puedas viajar mañana.
Bebe hoy lo que no puedas beber mañana.

¿Hay forma humana o biológica de procesar los vinos de mi bodega sin perder el hígado en el intento? Lo dudo, ciertamente. Como tampoco garantizo mi salud mental en el mejor de los pronósticos.

Y ni en este lado del charco ni en el otro, nos enteramos de que el verdadero lastre no va en la piel sino en la memoria. Las pequeñas pullas e idioteces que pesan en el alma como hielo en estalactitas, afiladas y en dirección mortal hacia el suelo. Lo que no pesa no tiene valor y lo que duele en el orgullo pesa más que el hormigón. Una vez más, retórica sin sentido. Y cuidado, no hablamos de bolsos de mano o trolleys con ruedas. Son bodegas con techos abovedados y paredes de ladrillo viejo, barro y arañas. Agujeros en la pared donde guardamos los recuerdos enquistados por el factor resbaladizo de la comunicación. El buen vino macerándose en una cura atemporal que convierte una anécdota desagradable y un caro caldo de ira en incontinencia social.

Llegado este momento, vistas las opciones y el almacén de las ofensas se me ocurre pensar ¿será proporcional la relación entre éstas y la felicidad?

Proporción. Equilibrio. Independencia. Otras tres panaceas.                                                                    

Quizás,  enviar los quistes emocionales a la bodega es una opción más. Como también lo es dejarlos correr y olvidarlos o tomar de ellos lo necesario para cultivar un caldo que no degenere sino que genere. Y en este aventajado desvarío las eternas y lapidarias decisiones sobre las que no tengo nada que enseñar sino mucho que contar. Porque sí, porque se me antoja. Porque si cabe la posibilidad de vivir episodios de locura como lapsus de felicidad yo quiero ser loca. Y…

Si la locura es la privación del juicio o del uso de la razón,
Las opciones llenan bodegas,
Y la felicidad es la satisfacción, el gusto o el contento…

Permitidme abogar por la complacencia de escoger vaciar mi bodega a través de este escrito. Prefiero dejar para después algún que otro aprendizaje. Afrontar los dolores repetidos que han de venir para no viajar con lastras inútiles. Capear los devenires de nuevo, una y otra vez. Y en este momento de locura describiré el olvido que me hará francamente feliz. La inconsciencia que etiqueta mi equipaje en el hangar del olvido. 

¡Enemigos! 

Regalo botellas de buen caldo con un treinta y cuatro por ciento de insensatez, siete por ciento de recelo, cuatro de murallas y defensas y el resto de miedos: al dolor, a las nuevas traiciones, a las viejas pasiones, a las lenguas viperinas y a todo aquello que me hace sentir tan pequeñita que yo misma me puedo esconder en uno de estos viejos botellines.


Y a pesar de la intención y la búsqueda constante de la felicidad, aquí me tienes lector. Ausente de mi propia identidad.





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