miércoles, 1 de mayo de 2013

PRINCESAS Y GATOS


Un cuento para corazones irrompibles.

Érase una vez una dulce princesita sobre la que pesaba una terrible maldición. Un horrible y despiadado ogro la enamoraría y destrozaría su corazón. Pero la princesita del siglo XXI no se quedaría de brazos cruzados sin cuidar de su razón así que, así es como procedió.

Ella quería la guerra y bien se preparó. Que no os engañen, ingenuas mujeres, porque hacer el amor es la guerra más antigua que la evolución ha creado. La lucha entre dos cuerpos que quieren el control del otro para estrujar el disfrute más nutritivo y saciar las propias carencias. ¿No es esto igual a invadir otro país por su petróleo o por sus materias primas? No lo niegues, en el fondo sabes que llevo razón. No hace falta practicar juegos de Señores y Esclavas, tan famosos ahora, para saber que cuando del cuerpo se trata hay unos límites de territorio por proteger.

En los límites de su castillo alzó impenetrables murallas que detendrían a los más grandes gigantes: verdes, azules o morados fuesen. Los más sanguinarios guerreros, generales y comandantes  sitiarían las murallas eternamente ignorando que dentro de las murallas, la princesita y su pueblo tenía todo cuánto necesitaban. Los más veloces caballos perecerían en el frío mientras los soldados menos piadosos envejecían entre el alcohol y la nieve. Todo por evitar la guerra que, en retórica, es inevitable.

Uno de los más ambiciosos soldados fue a encontrar una colina cercana a la fortaleza desde donde obediente, ofrecía guardia noche y día para informar a sus superiores. Desde la distancia ideó un plan para atrapar el genuino corazón de la dama que alimentaba a las águilas cada mañana desde el lujoso balcón de su castillo. Pues el simple soldado quería convertirse en un fuerte y admirado guerrero. Así que, hicieron llamar a una de las brujas de la comarca y le propusieron un delicado encargo. La princesita buscaba protegerse de horripilantes ogros despojados de humanidad y compasión, incluso de pegajosos sapos encantados. Pero los dulces corazones femeninos no son inmunes a las necesidades de otros. No hay mujer en el mundo cuyo corazón sea oscuro si no ha conocido el amor.


Una mañana temprano, mientras la princesita paseaba comprobando la seguridad de sus murallas escuchó, tras la enorme puerta del castillo, el apagado arrullo de un pequeño animal. Curiosa y demasiado angustiada para ignorarlo abrió la puerta y recogió el enfermo animal entre sus brazos decidida a darle el cobijo y el arrullo que la vida le había negado. Igual que a ella.

Pobre princesita ¿quién nos protege de los dulces gatitos que arañan nuestra puerta en busca de alimento? Cuídate mujer, cuídate de aquellos que toman la comida de tu mano porque lo que lamen no son tus dedos sino tu corazón. Y antes de que te puedas dar cuenta, ese órgano tan preciado que has protegido con doscientas armaduras y cuarenta y siete murallas está cubierto por una fina capa de veneno llamado pasión. El elixir dará muerte a tu independencia, a tu libertad y a tu cordura en una relación de parásito y huésped. Latirás, latirás y seguirás latiendo mientras el dulce gatito siga lamiendo tus dedos. Pero… cuando tu sabor deje de ser nuevo o los rastros de la lejía, los cayos o los padrastros ocupen el lugar de la ambrosía que el amante descubrió en tu piel, todo el horror de las sangrientas conquistas se desparramará ante ti. Nada queda después de la guerra.

Así pues, el dulce gatito se fue instalando en el alma de la princesita, y desquiciado también él por el dulce encanto del amor, optó por confesarle su engaño. La pobre princesita lloró desconsolada como en la canción de Celtas Cortos pero de poco le sirvió, pues su corazón ya había sido golpeado con furia por el puño del amor. Entre amantes está “el sana, sana, culito de rana” y ella acabó rendida a los besos de su soldado.

Y es que, los besos de este hombre podrían pedir la rendición de Troya, sin Elena que valga. Invadía y recogía, invadía y recogía, invadía y recogía. Sin salir y a pesar de no tener aire no me quemaban los pulmones sino los labios, por la avaricia. Besos y lametazos que aspiraban el aliento que ingenuo se escapaba. Manos que rozaban allí donde mi piel se encendía llamándolas. Ideal, comedido, respetuoso pero pasional, sugiriendo mejor que exigiendo. Contra la pared de nuevo, con su cuerpo a lo largo del mío incitando sin tomar, delicado y sensual. Estos besos no son los que yo esperaba de este hombre y eso era lo peor de todo.


El enamorado y mentiroso soldado la convenció para abrir las murallas y dejar entrar al enfermo y moribundo ejército a sus puertas. De esta forma la guerra de los soldados se tradujo en la guerra de los amantes, que cansados de resolver pasiones a medias se arañaron las almas despojando la salud de sus corazones. ¿Qué por qué luchaban? Quizás porque se amaban, quizás porque juntos cada uno desapareció. Quizás porque sus manos comenzaron a oler a lejía o tal vez porque él encontraba más cálido al aliento del alcohol al de sus labios.

Lo importante es que tras la guerra los soldados se van y dejan mujeres viudas y embarazadas. Despensas vacías y sueños robados. Tierras arrasadas por el fuego y casas sin tejado. Y cuando quieres agarrarte a la esperanza y te miras dentro, el veneno ha podrido el corazón. Lo que antes latía rosado y brillante ahora se contrae negro y arrugado como un dátil que guarda incomparables dosis de dulzura tras su horrible aspecto.

¿Cómo se pueden disfrutar los besos de un hombre sabiendo  todo esto? Pues porque tener la verdad no implica tener la razón. El gatito traía traje de ogro y sabiendo todo lo sabía, la princesita le permitió  lamer su corazón. Qué se fuera cuando quisiera, que a fin de cuentas sabía, que cuando lo hiciera no le quedaría corazón con el que llorar sino un cerebro con el que sobrevivir. Aún le quedaba esperanza. E ingenuidad. ¿La ves?

¿Quieres saber qué pasó con la bruja? La bruja se arrepintió por siempre de convertir a un buen hombre en un ogro disfrazado. Ella sabía la verdad. Sin excusas y sin miedos, la princesita y el soldado habrían logrado la paz y hecho el amor por la eternidad. Pero lo complicaron todo. Como siempre. Una vez más. Con miedos construidos en murallas y complejos confundidos con delirios de grandeza.

Ni todos son ogros ni todas somos princesas. Basado en Por una cama de princesa.

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