viernes, 5 de abril de 2013

Yo te cuidaré

YO TE CUIDARÉ

- Un relato "desempolvado" sobre la importancia de los minutos y lo que hacer con ellos.


Se ha iniciado la campaña de compras de navidad y en las últimas semanas los horarios en la librería son prácticamente ininterrumpidos y agotadores. 
Mi camarero favorito me trae cada tarde mi capuchino con mucha nata y extra de cacao Cada tarde me acompaña a casa o tomamos algo en el bar mientras hablamos y hablamos sobre España y Canadá. Nos conocimos cuando me arroyó con el cuerpo de un chaval de 15 años aproximadamente cuando lo echaba del local en el que trabaja. El Lobito. Fue un extraño y libidinoso encuentro. 

Charlamos sobre sus hermanos y mi padre. Nuestras vidas. Nos tomábamos de las manos por horas entrelazando los dedos y jugábamos a batallas de dedos. Competíamos por preparar el mejor café y discutíamos nuestros contrarios gustos por la lectura. Fuimos estrechando lazos más allá de los de los amigos. El deseo insaciable creaba una necesidad vital que en cualquier momento explotaría. Su vista, verlo junto a mí me da la vida desde hace varios meses. Verlo partir o dejarlo detrás de mí me hace echarlo de menos. 

Por fin he encontrado las ediciones que buscaban los dos hombres trajeados y los llamo para presentarles las propuestas. Las ediciones están valoradas en más de 9000 € y es una transacción compleja ya que requieren la contratación de un seguro y una nueva tasación una vez que lleguen a la tienda. 

Tanto trabajo y estrés ha derivado en un resfriado de órdago y hoy me siento realmente mal. Tengo algo de fiebre así que he pedido a Simon que me traiga algún paracetamol porque a última hora de la tarde la cabeza está a punto de estallar y no para de entrar y salir gente. Para mi desgracia, los chicos de la otra han descubierto un gusto repentino por la novela policíaca y tienen a Sofía de aquí para allá aconsejándolos y echándole el ojo porque tampoco se fía mucho de ellos. La tarde está siendo realmente incómoda. Mala.

- ¡Sara! – me grita Sofía, la propietaria de “La Librería Violeta” donde trabajo desde hace más de dos años mientras termino mis estudios de arquitectura en la Politécnica de Madrid. 

Antes de dirigirme a la tienda para ver de quién se trata alguien me agarra por la cintura desde detrás y acerca su aliento cálido junto bajo mi oreja, encendiéndome inmediatamente.

- ¿Qué tal Princesita? – su susurro y su aliento va seguido de un suave beso en mi cuello. Miro nerviosa hacia la tienda preguntándome si Sofía sabía que había entrado hasta la trastienda.

– Si, lo sabe. Quédate tranquila ella misma me indicó que pasara y que me asegurara de que te tomabas esto – con la mirada me indica una vaso con agua y una pastilla en plena efervescencia y unas galletitas de canela.

- Gracias – le digo con el poco aire que me queda pues he dejado de respirar sumergida en su rostro desde que me giró encajándome entre sus brazos.

Sin soltarme y sin apartar sus ojos de mí, coge una de las galletas y la muerde, toma una gran porción y la mastica lentamente. Los músculos de su mandíbula se mueven crujiendo, marcando sus gestos cuadrados y esculpidos. Acerca a mí la misma galleta y me incita a tomar una porción de esta.

- Sabe Sofía que es así cómo te vas a asegurar de que coma algo? 
- Ujumm… - murmura
- ¿Estás seguro? – doy un bocado a la galleta objeto de mis deseos.
- Traga – me ordena. Yo obedezco. Y me besa.

Solo quién besa enamorado puede entender cuando hablo de un fuego que se dispara desde el corazón. Hasta hoy no habíamos pasado de intensas y cálidas caricias en la mejilla, tiernos besos en mi mano y horas de conversación. A pesar de mi impaciencia por su sabor y su piel había disfrutado de cada segundo y de cada palabra mientras nos conocíamos. Ahora lo tengo aquí entre mis brazos. Y mucho más de él.

Lo sujeté contra mí nada consciente del lugar en el que nos encontramos. Le agarré el pelo ensortijado a la altura de la nuca y lo empujé hacia mí sujetando su lengua enlazada con la mía. Este es. Este es el sabor de su carne, su saliva. El olor de su rostro y la suavidad de su pelo. Yo me empujaba contra él sincronizando nuestros roces en empujones y retrocesos eróticos y embriagadores. Su tacto y el calor de nuestros vientres meciéndose al son de la obra maestra de Claude Debussy, Clare de Lune que suena en el hilo musical amenizando las compras de los clientes.

Vagamente, la multitud en la tienda pasa por mi mente y lejos de distraerme empujo la puerta detrás de mí con mi pie para que se cierre. Mi canadiense sonríe entre mis labios y de un salto enlazo mis piernas en su cintura en un rito de una danza antigua como la misma luz. Estamos encendidos, en los fuegos del deseo. Me deja libre para morder furiosamente mi cuello, besarme, morder, besarme y volver a morder en un ascenso descontrolado de crepitantes fuegos artificiales abajo, entre su cuerpo y el mío. 

- Te deseo, te deseo tanto… - le susurro entre beso y beso, entre succión y bocado. 

En respuesta, me agarra fuerte el trasero y me sienta sobre la mesa empujándome con su abultada entrepierna. Me deshago en un jugo de éxtasis que huele a amor y sabe a besos.

- Aquí no – sentencia tras un último y doloroso beso mientras me sujeta por la cabeza cubriendo mis oídos y mis mejillas. Sólo escucho mi respiración alterada y disconforme con el frustrante cambio de ritmo.

Un sonido fuerte y seco atraviesa su piel y lo percibo lejano. Sin pensar. Sin pensar en absoluto. Simon abre la puerta y sale hacia la tienda tan rápido que dejo de verlo en lo que dura un latido y lo pierdo de vista. Un nuevo disparo resuena en mis oídos ahora claramente y… sin pensar. Sin pensar en absoluto. Corro tras de él y atravieso la misma puerta.

Un golpe tremendo sacude el centro de mi pecho y siento el dolor del miedo. Nunca pensé que el miedo doliera tanto. Busco a Simon entre la media docena de personas en la tienda, dos de ellas en pie justo frente a mí, pálidas y asustadas. Simon está bien, junto a Sofía detrás del mostrador de madera rústica donde cada día atiendo a algunos de los clientes que aún están desparramados por el suelo de la librería. Antonio Lebrón ha venido a recoger los cómics para su nieto Nicolás y doña Leandra ha traído una bolsa gruesa y tupida para llevarse dentro su encargo de J.L. James con la que se tapa la cara.

No tengo miedo. Debería esconderme con Sofía y Simon tras el mostrador pero no tengo miedo. ¿o tengo tanto miedo que no puedo moverme? No lo sé.

No hay más estruendos, solo algo metálico y pesado que cae al suelo y repiquetea varias veces hasta detenerse finalmente. Los chicos que me atropellaron frente a “El lobito” hace unas semanas y que vigilaban la tienda al cerrar hace algunas noches están realmente asustados. Recorren una y otra vez el mismo camino mientras se gritan el uno al otro y se tiran del pelo maldiciendo. ¿Qué les pasa? 

Mis rodillas ceden y siento el suelo acercarse sin poder moverme aún. Siempre he sido rápida en las situaciones difíciles, sin embargo me siento inútil y débil. ¡Me voy a desmayar! ¡Maldita inútil! Cediendo a mi fracaso cierro los ojos y un nuevo calor me despierta. 

- Sara, Sara, cielo despierta! – Es su calor, el calor de su cuerpo a mi espalda el que me calienta. Me susurra al oído. Bien cariño, mejor que nadie se entere de que me he desmayado como una boba.

- Quédate conmigo Princesita, quédate conmigo por favor. – mírame no me hables al oído quiero verte, - pienso, pero la voz no llega a mis labios. Sí a sus oídos. Me mece suave y me aprieta contra él. Es el cielo.
Me mueve muy despacio y el miedo no se marcha, cada vez duele más. Nunca pensé que el miedo doliera tanto.

No para de pasarse una mano por el pelo y acaba manchado con una sustancia borgoña y viscosa. Mi dolor crece ¡está herido! Me había equivocado ¡sí que está herido! Más miedo y más dolor mientras mi canadiense me consuela. Pobre… le debe de doler y aún así solo pienso en consolarme. Oigo muchas voces a lo lejos

- Te amo Princesita. Te amo. Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo…. Y con cada palabra me besa los labios, las mejillas, la frente, la nariz…. No me dejes ¿me oyes? No se te ocurra dejarme solo. No ahora – susurra, cada vez más bajito, cada vez más lejos. 
Y la luz se apaga. Yo también te amo. No llores. Te pondrás bien. Yo te cuidaré.

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