martes, 26 de marzo de 2013

Cartas en el Equipaje

Cuando vives para escribir es difícil imaginar que tus propios dedos te puedan traicionar.  Veremos qué tal nos va.

Tenemos compartimentos en el alma. Un rico muestrario de baúles, alforjas,  y lujosas maletas de Louis Vuitton, Prada e incluso, deshilachados petates. Unos dignos de cargar, otros esconden vergüenzas. Un par de ellas almacenan miedos cuidadosamente doblados y en el bolso de mano llevamos los terrores más oscuros. Entre el clínex y el paracetamol. Ocultando lo más valioso a la vista de todos y detrás de nosotros mismos.

Filosofamos, divagamos y opinamos de la vida. Jugando a saber y simulando indiferencia ante el barullo de interferencias que nublan decisiones. ¡Y qué vemos! Tan solo la larga distancia entre lo que queremos ver y lo que en verdad hay frente a nosotros. Tan solo eso, simple y llanamente.


En una línea recta, delgada y suave. Bañada en grasa y jabón. Un camino con vientos huracanados y mortales trampas en una escalada atemporal de autodesafío. Creer en los sueños, en las oportunidades, las variantes y las decisiones correctas. Ensoñaciones traducidas en  caminos sin meta, sin final. Porque se puede estar perdido y  luego, también puedes perderte.




Así, caminar es colocar un pie delante del otro sin saber a dónde vas. En mi mano derecha el esfuerzo diario por resurgir, rescatando todo cuánto quedó en los rescoldos. La teoría de la supervivencia y el Ave Fénix. En la izquierda las certezas, las pruebas, los fracasos traducidos en tiempo consumido, la decadencia, la autocompasión, la pérdida y la pena. Un peso descompensado. ¿Miedo? no. mucho peor. La negación del pánico. El autoengaño. La cobra que danza para sí misma.

Yo me engaño, tú te engañas y él se engaña, entonces… ¿nos engañamos? Evidentemente. Entre todos. Jugamos al ajedrez cuando  la propuesta desde arriba fue “la ruleta rusa”.

De nuevo no vienes. De nuevo no soy capaz de mantenerte a salvo. Vivo.  Toca esperar y seguir esperando. Me toca apagar mis necesidades golpeando teclas en lugar de acariciar tu rostro y oler tu cabello. Mi mano izquierda.  

Imaginar tu nombre o escuchar tus sueños. Diseñar un mundo mejor para cuando llegues y convencerme de que todo sigue aunque te quedes donde estás ahora. Soñar que mañana relataré lejanas historias mientras vuelvo a la ironía de la ignorancia. Diseñando y describiendo al detalle el camino de huída mientras la delgada línea que separa la realidad de mis deseos se alarga. Mi mano derecha.

Y no soy capaz de dejar atrás ningún equipaje. Ninguno. Dándome cuenta de que en algún momento dejé de escribir para mí y lo hice para ti.

De nuevo, aquí tienes otra carta de mamá.

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