martes, 12 de marzo de 2013

BATALLAS



BATALLAS - Ensayo -

Hay batallas en las que nada puedes hacer, salvo lucharlas. Poco importa si la ganas o si te devastan, ojalá comprendiéramos estas implicaciones el día en que decidimos emprenderla.

Nos pasamos la vida buscando la calma, la tranquilidad y la balsa de las emociones embotelladas, catalogadas y arbitrariamente valoradas por los comunes, vulgarmente conocidos como la mayoría. Pero, cuando las sensaciones tienen el aroma de las antiguas ambrosías y el color de una tímida flor descubierta en el fondo del mar, entonces… solo entonces, los grandes hombres y las grandes mujeres apuestan su sangre a lo desconocido. A las emociones encontradas y los sentimientos contradictorios.

En este encuentro violento, están los que observan, los que participan y los que se acobardan.

El que observa puede hacerlo impertérrito, helado o angustiado. Un poco más allá de estos,  el carroñero que se agita gustoso entre la gula y la adrenalina, alimentándose del horror de pulsantes heridas en el tapiz del encuentro.

En la arena, todos son culpables y casa uno carga una verdad contraria. Ninguna es mentira y no existe la acertada. En la arena, la razón, los motivos y las reglas son relativas… incluso irrelevantes, según el caso. Y cuando están, gritando para ser escuchadas sobre otras, acaban, como otras, bajo el granulado manto de la tierra.

Allá abajo.

Los luchadores rasgan su piel y exponen sus entrañas más allá del orgullo, el temor o la locura. Envalentonados e inocentes defienden banderas suspirando por la victoria; aprisionadora y asesina. Sin reconocer que en el camino, entre cuchilladas y golpes traperos, todo se pierde. Lo hace la razón, el temor, la verdad, los motivos, las reglas, la fe,  la dignidad, la sangre, las lágrimas y los segundos. El tiempo  ¡Ay ansiado tiempo!
–  la carencia y la variedad de sus usos -.

Y luego estamos los demás. Los que huimos. Y entre nosotros los que  habiendo luchado y sobrevivido se aventuran conscientes a sabios y certeros caminos, reales y seguros. Lejos de la batalla.

Aún más atrás, en el sendero interminable de la escapatoria, los que corren despavoridos con su botella repleta de control y conocimiento. Los que pudiendo ver, oler, escuchar o tocar, ni escogen esto y ni siquiera sienten. Porque “no mirar atrás” no es lo mismo que correr con los ojos cerrados, las orejas tapadas, un pellizco en la nariz y el corazón envasado al vacío. Y será porque correr es de valientes si sabes a dónde vas o tan solo… si corres hacia delante.

¿Y qué del que escapa gritando y corriendo en círculos agitando compulsivamente las manos sobre la cabeza? A este le ocurre lo que a las rubias tontas de las películas; que sus grandes pechos acaban bajo un camión o entre las fauces del lobo feroz.

Pero de todos estos, son solo algunos los que cuentan, los que se quedan:

-        El que se levanta de cada golpe
-        El que vive equivocándose
-        El que elige y decide no infligir el golpe mortal
-        El que no tiene miedo a abandonar cuando no hay motivo para seguir
-        El que eligiendo la lucha, lo hace con el hacha del que ignora. El control y la audacia de decir “basta”, aunque lo haga desde la colina.
-        El que observando, decide en su vida no  reproducir para sí mismo la tragedia.
-        El que huyendo, abre bien los ojos para vivir el camino escogido, que no olvidemos, es siempre el mejor porque es el único que tenemos.
-        El que observa  sabiendo ver,  escucha teniendo la capacidad de oir, olfatea teniendo
nariz y siente  sobre la arena o dejado de ella.

En la batalla de la vida, ellos son los que cuentan y por qué será… son estas historias las que preferimos
escuchar ¿Por qué será?


Puede sonar un poco pretencioso afirma que este es un ensayo pero sé que no es un relato. Si alguien puede, que me corrija.

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