sábado, 16 de febrero de 2013

Sólo por el Placer de Compartir


Os traigo un Relato publicado en la Comunidad de Relatos G+ por la menda. Me vino genial escribirlo por eso he decidido traerlo por aquí también. ¡Se me estaban oxidando los dedos!!


Solo por el Placer de Compartir


Qué más da si comenzamos con “Había una vez”, “En un lejano país” o “Todo comenzó…” si lo verdaderamente importante del cuento es mantener los pies en el aire cuando acabe. Sí, de eso trata esta historia, de los intentos y desventuras al intentar levantar los pies del suelo.

-        Sí señor!! Sí que puedo, puedo y voy a hacerlo.
-        No, no puedes. No puedes hacerlo.
-        Ya lo creo que sí
-        No va contigo dar la espalda a los problemas  o correr de ellos Vega.
-        Poco me importa lo que va o no va conmigo. Hasta ahora no me ha funcionado así que…

Sí, esto estaba siendo toda una intención de intenciones. Me niego a tomar más decisiones hoy, ni mañana. Me niego a hacer más listas de pros y contras para cualquier tema donde, como no, los pros son lo que conviene a otros y los contras la forma en la que yo misma me jodo en el intento. No soy ninguna monjita de la caridad, ni practico eso de la otra mejilla y esa parafernalia  hipócrita y social. No me doy golpes en el pecho por mis actos de fe ni amo a todo el mundo. Solo soy yo, deteniéndome.

Con esto atravesé el pasillo de la casa de mis padres, cargado de horribles y forzadas fotografías con disparejos marcos, sortee macetas varias y en el salón recogí el bolso y mi chaqueta anunciando a Mario que era la hora “D”. Él copió mis movimientos y se despidió formalmente de mis padres con esa sonrisa escondida y forzada que me decía: “te estás equivocando”.

¡Cómo no!! Vega siempre se equivoca, al que cuece y amasa de todo le pasa y al que se pringa le dan directamente por ...

-        ¿A dónde vamos este fin de semana? Vega lo sabe.
-        ¿Dónde está la camiseta que dejé de ponerme hace 15 años? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo meter al loro en una caja sin perder un dedo en el intento? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo tener a todo el mundo contento? Vega lo sabe
-        ¿Dónde está más barato el detergente de la lavadora? Vega lo sabe
-        ¿Cómo hacer un gráfico 3D en Word? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo lograr que te cojan el teléfono en el ministerio de educación? Vega lo sabe.
-        ¿Saber si el número que llamó a tu vecina antes de ayer era un timo? Vega lo sabe.
-        ¿Saber en noviembre si subirá el butano en enero? Vega lo sabe.
-        ¿La mejor tarifa de móvil? Vega lo sabe.
-        ¿Dónde están las escrituras que llevan perdidas diez años? Vega lo sabe.
-        ¿Las fechas de los cumpleaños de los 9 sobrinos, cuatro hermanos y sus respectivas? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo atravesar camino de ronda en doce minutos? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo maldecir mi suerte ante cada error? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo cargar con la culpa? Vega lo sabe.
-        ¿Cómo evitar sentirse terriblemente asustada? Vega no lo sabe.


En verdad es suficiente con esto. Ya no puedo más.  Poner los pies en el suelo duele. Los prefiero en el aire, flirteando entre almendros rosados y riachuelos cristalinos, entre las espesas nieblas de las mañanas de febrero y sus tardes soleadas. Los prefiero escuchando al viento sacudir los brotes nuevos y al conejo saltar sobre los tiernos pastos. Si la vida puede ser un cuento, a mi me gustaría este.

Y en el pecho ese nudo, garrasposo y férreo que no te deja balancearte hacia ninguna parte. Ni rompes a llorar, ni a reír. Ni puedes tomar la decisión, ni puedes dejar de hacerlo, no puedes dejar de correr a pesar de no haber arrancado aún y te quedas ahí, hiperventilando y acumulando tensión entre los omoplatos. Este peso va creciendo y una corriente de piedra asciende hacia el cuello, y empiezas a moverlo. Hacia atrás, hacia los lados… mientras el cerco en la garganta se aprieta y tiende sus tentáculos hacia la mandíbula hasta formar una jaula de deseos. Un bloqueo sentimental que detona cuando te pica la nariz y aprietas los labios cuando la pena te golpea y la mirada se enturbia, vidriosa.

Ahora, cuando estás a punto de descansar dejando correr las lágrimas aparece la rabia y las contiene mientras aprietas las mandíbula y la presión en la parte de atrás del cráneo se multiplica mandando temblores a tu labio inferior. Cierra los ojos y siéntelo. Es el momento de abrir los brazos y recibir un abrazo.

Posiblemente, la persona junto a ti no tiene la más mínima idea del torbellino de emociones que acabamos de describir. No lo culpes pero reconoce que lo necesitas.

Sería genial que Mario me comprendiera, pero nunca lo hace. Somos muy diferentes. Con el tiempo he aprendido a pedir y él siempre está encantado de darme. Ante mis brazos abiertos, él abre aún más los suyos y me da ese regalo. Yo le aprieto más y le pido que me diga algo bonito
.
-        Te quiero mucho – me dice mientras me besa en la coronilla una y otra vez y con las manos me masajea las nalgas, demostrándome de nuevo que es la persona que más influye en mí. 

Nos besamos y nos abrazamos hasta que los llantos de los perros nos despistan así que Mario vuelve a escribir mi cuento. Con los perros nos vamos a pasear cerca de casa, entre almendros rosados. Saltamos cristalinos riachuelos y los perros persiguen a los audaces conejos. En las últimas horas de la tarde cientos de pájaros revolotean  peleando y chillando por el mejor hueco en el gran pino frente a casa. La puesta de sol  da el día por terminado y cuando entro a casa, esa decisión que no quería tomar está tomada. Mis pies han pisado el suelo y han probado el cielo, solo queda esperar que mañana mi cuento tenga también un príncipe y una princesa capaz de pedir un abrazo aunque no la comprendan.

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